El área que se trabaja abarca 37 hectáreas. Esta área es el encuentro entre las estribaciones de la sierra pre-litoral, a la que pertenece el Tibidabo, con el plano de la ciudad. El proyecto pretende establecer acuerdos entre el final de la montaña y el frente de la ciudad. Dichos acuerdos pasan por las relaciones propuestas entre topografía y trazados urbanos, entre lo considerado natural y lo artificial.
El plan director quiere considerar de nuevo las posibilidades de orden y racionalidad que puede ofrecer una trama, organizada aquí por tres trazados geométricos, una unidad dimensional común y diversas formaciones auxiliares.
A pesar de que el proyecto intenta trabajar con lo que el lugar le ofrece, como ocurre con la primera direccionalidad propuesta, o con las relaciones entre pendiente y plataformas-, no se pretende disfrazar las distancias entre realidad y proyecto. Diversas piezas menores -rampas, escaleras, miradores y accesos- se formalizan lejos de geometrías rectilíneas, como masas dispersadas y moldeadas por las tensiones entre la naturaleza y artificio.
Las calles no pueden seguir las mismas geometrías. Todas ellas han de partir de hechos preexistentes: las disposiciones del P.G.M., la boca norte del túnel, los roundabouts, las propiedades que permanecen, los últimos brazos de Collserola o las mismas cocheras del metro. No pueden aspirar a dominar la edificación que ha de llegar después.